Jorge Drexler · Causa y efecto
busca entre mis delirios
jueves, octubre 15, 2009
causa y efecto
Hoy voy a hacer un viaje a un lugar muy lejano de cuyo nombre me acuerdo bien. Me montaré en ese tren para el que tengo billete en clase preferente. Me darán Ratatouille para desayunar y yo sólo podré saborearte. Dormiré sobre mi abrigo, en la ventana apoyada y soñaré con algo bonito, futuro, condicional e ideal. Llegaré a la estación que tan lejos pero tan cerca está y alquilaré un coche con mi tarjeta de débito. Será un C3 azul cielo o no será en absoluto. El buen hombre de la agencia me tratará con casi cariño y me regalará un mapa de carreteras que guardaré como souvenir. Y alquilaré el coche porque sé bien que en aquella ciudad no hay taxis, ni mejor forma de ir a donde quiero volver. Daré vueltas y vueltas para poder entrar en el centro y si hace falta, me meteré por calles peatonales de circulación prohibida a vehículos. Sonará ese disco una y otra vez hasta que me sepa cada melodía, cada letra y cada punteo. Sé que no encontraré la entrada al parking del bulevard porque está escondida para que nadie la halle y se pierda por las calles de la ciudad sólo para disfrutarla mientras agoniza y pierde la paciencia al volante. Ni un sólo sitio libre. Esta también es prohibida. Escucharé el mismo idioma que aquí, a pesar de lo contrario que se supondría. Reservaré mesa en ese restaurante que ya me conoce y sé que si le guiño un ojo a mi camarero amigo, me guardará esa precisa mesa desde la que se ve el mar con toda su claridad. ¿Vino blanco o vino tinto?. Vino blanco, que con los chipirones en su tinta, entra mejor. Eso sí, pediré que no suene Bebe de fondo. Pasearé en busca de otro Blas que reemplace al perdido en un disgusto. Y cruzaré la plaza de Gentelua, que se llama así porque siempre hay mucha gente, aunque aseguro desde ya en una apuesta conmigo misma, que no encontraré wifi pública en ella. Igual me atropella un perro que vaya a toda leche. Porque en esa ciudad la gente corre muchísimo. Tendré que tener cuidado con el carril bici, porque atraviesa toda la ciudad sin piedad. Me quedaré a dormir en la habitación de un hostal decorada por Gaugin, aunque nunca fue mi posimpresionista favorito, pero el rojo le sienta tan bien... Caminaré por los bordes que moja el mar de esta ciudad tantos kilómetros como sean precisos y me despeinaré los rizos al son de las olas y el viento confabulados. Volveré a ponerme en pie en ese poyete, sólo para confirmar que he perdido el miedo a las alturas para siempre. Me quedaré en reserva y tendré que aparcar, porque no encontraré gasolinera en todos los alrededores. Pronto me daré cuenta de que he perdido el cable del cargador de la cámara de fotos, y no me quedará más remedio que ingeniar alguna solución, pues me niego a no disparar más, que quiero guardármelo todo como si fuera lo último que me quede. Bajaré a la arena de la playa con los zapatos puestos y me sentiré un poco niña por una vez. Luego cenaré con vino semiespumoso de la tierra, que parece sidra pero no lo es, y me sentará gracioso, haciéndome reir sin parar y disfrutando a la mañana siguiente de unas alegres agujetas en la mandíbula. Te compraré una camiseta y la dependienta habrá aprendido algo nuevo al explicarle yo que el dibujo de la misma es un clavijero. Desayunaré colacao templado y un croissant recién hecho por mucho que tenga que madrugar para ello. Caerá un chorizo frito a la hora del aperitivo sólo para saciar un antojo. Me sentaré ante el tiovivo para verlo girar una y otra vez, con los pocos niños dentro. Y quizá entre en la iglesia del Barroquismo, porque alguien me tiene que explicar qué hace una imagen de la ascensión en la portada. Echaré monedas a quien toque por la calle algo bonito que me acaricie el alma y me sentaré un rato de noche a ver el faro girar frente al mar. Y en cada etapa de 12 segundos de oscuridad cerraré los ojos para verte, ahí, conmigo, sonriéndome. Y quizá cojas mi mano y me acaricies con tus pestañas y me roces con tu voz en un susurro que nadie más que yo oiga y te acerques despacito en un abrazo que se nos va de las manos. Y yo rezaré para que esos 12 segundos duren para siempre...
intentando promesas
Que ya, que tengo que estar bien. Me fuerzo cada día para esbozar una sonrisa, por tragar un poco de lo que se enfría en el plato y por tratar de echarte de menos un poco menos de lo habitual.
Voy bien, progreso, lo prometo. No voy a hundirme porque quiero que siga mi mano aquí arriba dispuesta por si en algún momento pierdes el equilibrio y quieres volver a agarrarte a ella. Voy a limpiar todos los restos del huracán para que sientas que podrías estar cómoda aquí conmigo. No voy a remover más nada, aunque te pediré perdón en bajito cada día al amanecer por cada error tontamente cometido. No seré insistente, aunque esta lucha no la abandonaré. Sin empalagar te contaré todo lo que te quiero y meteré con precaución los quesos en la nevera, que no quiero que se echen a perder. Compraré una botella de Protos para invitarte a cenar dentro de un tiempo. Cuidaré de mi gente, que me arropa porque me quiere. Intentaré cada tarde el Fa al menos 20 veces. No dejaré de escuchar aquellas canciones de viaje. Meteré en un marco la foto tuya que tanto me gusta. Volveré a fumar en cachimba, que aún me queda tabaco de cereza. Estaré por y para tí, en la sombra de esta esquina, cada día y cada noche de cada mes futuro. Cuidaré la flor que me hiciste con el papel de la cajetilla de tabaco. Te ayudaré en todo (y un poquito más) de lo que necesites. Dejaré que me abrace mi madre, aunque sea inevitable el derrumbe. No borraré la firma con tiza en mi pizarra que me recuerda que estás aquí y que jamás te irás. No me plancharé más el pelo, porque me encanta que me lo revuelvas. "My girl" será, desde ayer, una de mis canciones favoritas. Y miraré cada día en el espejo ese lunar por el que estamos unidas.
Voy bien, progreso, lo prometo. No voy a hundirme porque quiero que siga mi mano aquí arriba dispuesta por si en algún momento pierdes el equilibrio y quieres volver a agarrarte a ella. Voy a limpiar todos los restos del huracán para que sientas que podrías estar cómoda aquí conmigo. No voy a remover más nada, aunque te pediré perdón en bajito cada día al amanecer por cada error tontamente cometido. No seré insistente, aunque esta lucha no la abandonaré. Sin empalagar te contaré todo lo que te quiero y meteré con precaución los quesos en la nevera, que no quiero que se echen a perder. Compraré una botella de Protos para invitarte a cenar dentro de un tiempo. Cuidaré de mi gente, que me arropa porque me quiere. Intentaré cada tarde el Fa al menos 20 veces. No dejaré de escuchar aquellas canciones de viaje. Meteré en un marco la foto tuya que tanto me gusta. Volveré a fumar en cachimba, que aún me queda tabaco de cereza. Estaré por y para tí, en la sombra de esta esquina, cada día y cada noche de cada mes futuro. Cuidaré la flor que me hiciste con el papel de la cajetilla de tabaco. Te ayudaré en todo (y un poquito más) de lo que necesites. Dejaré que me abrace mi madre, aunque sea inevitable el derrumbe. No borraré la firma con tiza en mi pizarra que me recuerda que estás aquí y que jamás te irás. No me plancharé más el pelo, porque me encanta que me lo revuelvas. "My girl" será, desde ayer, una de mis canciones favoritas. Y miraré cada día en el espejo ese lunar por el que estamos unidas.
Fito· Por la boca vive el pez
martes, octubre 13, 2009
transgrediendo la cuarta pared
Aquí metida, forzada a salir por horas, arrastrando mis pasos involuntarios, queriendo quedarme toda una vida encerrada si no es a tu lado donde tengo que ir. Aquí, entre las cuatro paredes de este cuarto que ahora es mucho más pequeño. Sí, las casas sienten. Y no, no quiero ventanas en mi habitación. Mirando sin mirar nada. Elucubrando diferentes maneras de pedir perdón. Inventando idiomas en los que contarte lo mucho que te quiero. ¿Cómo se dice "única" en esperanto? Dándole barniz a los sueños que lijamos y preparamos juntas. Las horas transcurren lentas, y desde el viernes parece que han pasado ya dos meses. Estiro la mano algo más de veinte veces al día por si alguna pudiera rozarte, pero no lo consigo. Juraria que mi gata acaba de maullar tu nombre. Rodeada de imágenes en las que me sonries que me niego a despegar de la pared. Escuchando una y otra vez esas mismas y eternas canciones que no puedo escuchar sin sentir nada. Tragándome los reflujos de mis propios errores. Reafirmándome en mi verdad de que jamás quise a nadie como a tí. El pelo se me cae formando madejas en el desagüe de la ducha. Leo a ratitos un libro de radiología médica. Tengo una bolsa de lunares con un poco de arena de playa dentro con la que me mojo los dedos. Contemplando los recuerdos, a modo de video homenaje que yo misma he editado para mi agonía. Condenándome por no encontrar remedio ni cura. Sabiéndote, sintiéndote así como estás, y yo, impotente y desarmada, sin poder hacer nada. Perdida por perderte. Vacía y vaciada. Deshojada, como la margarita que me dijo sí. Me alimento sin hambre ni comida. Me trago la sal de mis lágrimas, y ellas me hidratan para seguir respirando. Te pienso sin remedio. La guitarra ya no suena por mucho que apriete. Pierdo kilos y cada vez me pesa más tirar de mí. Gasto klinex por cajas. No sé dormir, he olvidado cómo hacerlo, sin tí a mí abrazada. La almohada está dura. Todo me resulta incómodo. Ni el paracetamol alivia este perenne dolor de cabeza. Me consumo con cada cigarro que se amontona en la mesa. Caen por cajetillas y tu mechero se queja por lo quemado que lo tengo. Me persigue tu olor allá a donde voy, desde la ducha con tu gel hasta mi ropa con tu esencia. Y he descubierto que el dolor es el olor con una 'd' delante. Todo tiene sentido. Me bebo yo sola la última botella de Coto que quedaba de la cesta de navidad. Aún no he limpiado las manchas de aguaplast de mi bolso. Todavía no he abierto la mochila. Y no me atrevo a escribir nada aquí, porque sigue sin haber mejor lugar que las nubes de tu pelo.

Deneuve · Playa Romano
martes, septiembre 29, 2009
lunes, septiembre 21, 2009
la niebla de tus ojos
No hay nada más corrosivo que la fuga de tus lágrimas sobre mi hombro en un abrazo sin consuelo que nada lo puede.
No hay nada más absurdo que cinco palabras mal dispuestas que nada tienen que decir.
No hay nada más eterno que diez minutos imprevistos.
No hay nada más doloroso que la impotencia de un silencio que no promete efectividad, ni nada que alivie la pena.
No hay nada más estridente que el ruido de la tristeza resecando tu garganta.
No hay nada más estremecedor que el temblor de tu cuerpo dejándose doler.
No hay nada más amargo que la esperanza de que sea aquel tu último llanto.
No hay nada más hiriente que remover la ropa de invierno y encontrar, como pelos de gato a ella pegada, los recuerdos de la mitad de una vida de dos.
Tan sólo dime si este granito de azúcar que tengo para tí sirve, al menos, para que el hipo desaparezca y caigan a bocajarro en un duelo a traición las sonrisas que levantan al vencido pronunciándolo vencedor...
No hay nada más absurdo que cinco palabras mal dispuestas que nada tienen que decir.
No hay nada más eterno que diez minutos imprevistos.
No hay nada más doloroso que la impotencia de un silencio que no promete efectividad, ni nada que alivie la pena.
No hay nada más estridente que el ruido de la tristeza resecando tu garganta.
No hay nada más estremecedor que el temblor de tu cuerpo dejándose doler.
No hay nada más amargo que la esperanza de que sea aquel tu último llanto.
No hay nada más hiriente que remover la ropa de invierno y encontrar, como pelos de gato a ella pegada, los recuerdos de la mitad de una vida de dos.
Tan sólo dime si este granito de azúcar que tengo para tí sirve, al menos, para que el hipo desaparezca y caigan a bocajarro en un duelo a traición las sonrisas que levantan al vencido pronunciándolo vencedor...
viernes, septiembre 18, 2009
a uno sólo
Voy ganando al Trivial. Quizá se trate de la partida más larga de toda mi historia, aunque todos crean que acabo de acoplarme al tablero y que mi buena racha se debe, en todo caso, a esa extrema inteligencia mía por mover las fichas hacia el lado adecuado y responder a las preguntas, una tras otra, desde el recurso a mi memoria táctica. Pero quien me conoce bien sabe que lo mío nunca fue la estrategia. Mucho menos la memorística. No fui capaz de retener siquiera la progresión cronológica de los presidentes de los Estados Unidos, ni la tabla periódica de los elementos químicos, y si me apuras, puede que falle en la lista de las preposiciones del castellano. Si me mandas a la compra, quizá venga con algo de más, y si me pides que te escriba contándote novedades, sabes que es probable tengas que esperar unos días a que me acuerde. Que tengo agenda para no olvidarme de ningún cumpleaños, y que es ella la salvadora que me saca de los apuros. Es posible que tenga un regalo envuelto en mi casa y lleve meses olvidándome de ir a correos a hacértelo llegar. O que si me preguntas el título de aquella película que tanto me gusta, tarde unas horas en llegar a él. O ese libro de aquel autor que no logro etiquetar, pero que en cambio retengo al dedillo frases enteras de su prosa. Así que no se trata de una estrategia de triunfo, ni siquiera de la plusvalía de mi cultura general.
Voy con cinco quesitos. Sólo me queda uno para entrar en la autopista del éxito más rotundo, subir los escalones del tramo final y sonreir un poco de satisfacción. Sin malos rollos, que juego entre amigos, entre buenos corazones. No hay rivales sobre la mesa ni nadie que no quiera en el fondo, que gane por una vez en mi vida a un juego de mesa. Además, ganando yo, ganamos todo. Que la cena corre por mi cuenta, que esta vez me lo van a permitir sin rechistar. Asi que, cuando gane, guiñaré un ojo a mis contrincantes y les ayudaré a recoger los restos. Metiendo cada pieza en su caja y guardando las preguntas para otra tarde de otoño adelantado, de frío en la calle, de vino y chocolate, de calcetines mojados y de esperar a que pase el diluvio...
Voy con cinco quesitos. Sólo me queda uno para entrar en la autopista del éxito más rotundo, subir los escalones del tramo final y sonreir un poco de satisfacción. Sin malos rollos, que juego entre amigos, entre buenos corazones. No hay rivales sobre la mesa ni nadie que no quiera en el fondo, que gane por una vez en mi vida a un juego de mesa. Además, ganando yo, ganamos todo. Que la cena corre por mi cuenta, que esta vez me lo van a permitir sin rechistar. Asi que, cuando gane, guiñaré un ojo a mis contrincantes y les ayudaré a recoger los restos. Metiendo cada pieza en su caja y guardando las preguntas para otra tarde de otoño adelantado, de frío en la calle, de vino y chocolate, de calcetines mojados y de esperar a que pase el diluvio...
jueves, septiembre 03, 2009
[sin título]
Hoy escribo un post sin título y sin pronombres denominativos, sin adverbios de tiempo o lugar y sin deixis alguna. Vacío la pragmática de cada una de mis palabras en la impotencia de la inutilidad que eso supone. Que la semántica se pronuncie por sí sola, puede con eso, y con mucho más. Ojala hubiera más gente que conociera los recovecos de la semiótica... Que se entendiera a Peirce, más que a Saussure. Que compartiéramos, al fin, el mismo lenguaje. No harían falta traducciones, ni pies de página, ni fe de erratas, ni paréntesis explicativos, ni justificaciones, ni medidas cautelares. Todo sería más fácil. Para mí. Para todos.
Ni el más convencido estructuralista me puede decir a mí ahora qué es lo que sigue.
Iba a decir que me dan pena muchas cosas que no son mías. Y será este el único pronombre posesivo que use hoy, que me sale lo ajeno por el costado en que me roza. Me afligen las largas jornadas de una hija en un hospital, donde al menos tuvieron la delicadeza de no pintar las paredes de blanco, y las noches en la butaca del acompañante de un enfermo al que desearía no conocer. Las madrugadas en las que el cansancio tiene las de ganar, pero aún así, vence el insomnio. Las malas rachas que no acaban nunca y las heridas que no terminan de curarse porque la rehabilitación nunca fuera una buena opción. Me duelen las lágrimas de alguien que espera al compás del segundero digital de la pantalla del ordenador una palabra suya, y que no tuviera el acierto de conectar la webcam para que al menos le llegara adjunta su tristeza. Que el messenger no te avise de que "fulanita está llorándote", o que entre 'disponible' y 'ocupado' hubiera un estado intermedio inequívoco. Que internet sea tan imperfecto como todo esto y que a pesar de ello, haya quien siga confiando en él para las cosas del corazón. Las amistades que lo son cada vez menos cuando a una le dejan sola y sin intención de entendimiento. Cuando faltan los abrazos y sobran los reproches. Que las conversaciones tomen las circunvalaciones, en lugar de atravesar la autovía por dentro de poblado y viajar en línea recta (aunque haya que ir más despacio). Me produce una tristeza sin concretar la gente que no sabe que ha tenido en su mano todo este tiempo la llave de un piso a estrenar y totalmente amueblado, mientras sigue acudiendo día tras día a las manifestaciones por una vivienda digna. O los que esperan la eternidad un saque de banda del equipo contrario, cuando la pelota está aburrida e ignorada en un corner de su campo. Me duele, casi como si me lo hicieran a mí, los dedos en las yagas abiertas, la inmovilidad aparente, el no atreverse a atreverse, las tortillas que acaban desparramadas en el suelo, la injusticia de una excusa de saldo, el dolor gratuito y/o improductivo, las bofetadas que no logran reanimar al inconsciente, la fama malcriada, los gritos que no son escuchados, la empatía que no se ejerce, los ombligos cuando se convierten en protagonistas, los espacios y tiempos no respetados, las heridas a quien se quiere tanto.
Ni el más convencido estructuralista me puede decir a mí ahora qué es lo que sigue.
Iba a decir que me dan pena muchas cosas que no son mías. Y será este el único pronombre posesivo que use hoy, que me sale lo ajeno por el costado en que me roza. Me afligen las largas jornadas de una hija en un hospital, donde al menos tuvieron la delicadeza de no pintar las paredes de blanco, y las noches en la butaca del acompañante de un enfermo al que desearía no conocer. Las madrugadas en las que el cansancio tiene las de ganar, pero aún así, vence el insomnio. Las malas rachas que no acaban nunca y las heridas que no terminan de curarse porque la rehabilitación nunca fuera una buena opción. Me duelen las lágrimas de alguien que espera al compás del segundero digital de la pantalla del ordenador una palabra suya, y que no tuviera el acierto de conectar la webcam para que al menos le llegara adjunta su tristeza. Que el messenger no te avise de que "fulanita está llorándote", o que entre 'disponible' y 'ocupado' hubiera un estado intermedio inequívoco. Que internet sea tan imperfecto como todo esto y que a pesar de ello, haya quien siga confiando en él para las cosas del corazón. Las amistades que lo son cada vez menos cuando a una le dejan sola y sin intención de entendimiento. Cuando faltan los abrazos y sobran los reproches. Que las conversaciones tomen las circunvalaciones, en lugar de atravesar la autovía por dentro de poblado y viajar en línea recta (aunque haya que ir más despacio). Me produce una tristeza sin concretar la gente que no sabe que ha tenido en su mano todo este tiempo la llave de un piso a estrenar y totalmente amueblado, mientras sigue acudiendo día tras día a las manifestaciones por una vivienda digna. O los que esperan la eternidad un saque de banda del equipo contrario, cuando la pelota está aburrida e ignorada en un corner de su campo. Me duele, casi como si me lo hicieran a mí, los dedos en las yagas abiertas, la inmovilidad aparente, el no atreverse a atreverse, las tortillas que acaban desparramadas en el suelo, la injusticia de una excusa de saldo, el dolor gratuito y/o improductivo, las bofetadas que no logran reanimar al inconsciente, la fama malcriada, los gritos que no son escuchados, la empatía que no se ejerce, los ombligos cuando se convierten en protagonistas, los espacios y tiempos no respetados, las heridas a quien se quiere tanto.
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