busca entre mis delirios

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martes, abril 15, 2014

your four words (X)

cómo si dar vida a las palabras fuera baladí...

como aquel día, nadie recuerda si era por la mañana o ya demasiado tarde, pero aquel crucial instante se volvió crítico para la caótica historia que ellas mismas escribían, corregían y volvían a escribir. fue el penúltimo punto de inflexión en toda ficción que anticipa un devenir algunas veces imprevisible. en el asiento de atrás de aquel coche prestado, cada una posaba la vista en su ventanilla, en silencio, sin poder, sin saber qué decir. ella miraba aquel paisaje, salvaje y agreste, en el que brotaban sin orden alguno pequeñas familias de amapolas (a ella le gustaba llamarlas ababoles) que teñían de rojo los bordes de la carretera. entonces recordó aquel año que vivió en Bolivia en el que descubrió una planta hermana del ababol que proporcionaba unos alcaloides de la familia del opio, lo que le evocó aquel imbebible alcohol que destilaban con alambique y serpentín que tan poco se parecía al moscatel que, de vuelta a Zaragoza, a ella tanto le gustaba.

aquel año en America del Sur fue quizá el primer punto de inflexión en esa historia que por entonces empezaban a escribir y de la que aquel día, en el asiento de atrás del coche prestado, con las ventanillas bajadas, las palabras en estado comatoso y un calor insoportable, estaban componiendo su punto y final. su compañera de viaje, de aventura, de vida y de asiento, la que a metro y medio a su derecha miraba también pasar su historia, como si mágicamente pudiera escuchar sus pensamientos y sus calladas y tácitas palabras, se aventuró a salvar el incómodo silencio, aniquilándole con osada y oportuna decisión:

- ¿tú sabes por qué se encienden las luciérnagas?

ababol · luciérnaga · alambique · caótica

lunes, octubre 01, 2012

your four words (IX)

es una ciudad en blanco y negro, nublada por una bruma empapada de la humedad ambiental que ha dejado la lluvia ligera que atestiguan los charcos y embalses en la calzada, y ahogada en los humos que despiden los tubos de escape de los coches, las chimeneas de los tejados y el cigarro casi consumido de ese hombre que pasea en su desarraigo sin rumbo concreto. refugiado bajo su sombrero negro, roído y triste que, ligeramente ladeado, no permite a los escasos viandantes que pasan por su lado, ser atravesados por su mirada profunda y potente. un clarinete suena en bucle desde una de las ventanas de aquel edificio viejo y sombrío que, a pesar de estar bien dentro del otoño más invernal, sigue empeñado en mantener sus ventanas abiertas. una gata callejera y desahuciada maúlla su celo sordo, no consumado ni satisfecho, pero nadie la escucha. a nuestro hombre, la edad le pesa a cada paso, como si no fuera capaz de dejar atrás todo lo vivido hasta entonces, como si el pasado quisiera atraparlo con más prisa que el futuro por venir. aletargado y oscuro da una patada a una fruta presumiblemente podrida que descansaba tranquila en la acera, del mismo modo que lo hubiera hecho ese pequeño niño travieso que dentro de él habita dormido. acaba su cigarro, que ya le quema en los dedos y lanza sin impulso la colilla al suelo, consiguiendo, con ese pequeño gesto, que una chispa de luz brote en el adoquín.


tejados · bucle · callejera · fruta

lunes, mayo 16, 2011

your four words (VIII)

es lo malo de la Feria, que se ha convertido en un espectáculo. si aún no te has aburrido de ver a los típicos famosos pasados de graduación haciendo de las suyas en alguna caseta o no es suficiente con tratar de evitar los riachuelos de rebujito regurgitado a lo largo de la explanada, siempre te quedará la enorme satisfacción de la temprana resaca de las 12 del mediodía de aquellos que ya han tenido día de feria suficiente y suplican por un espidifen.
pero más allá del show pseudo-bochornoso que queda en la imagen de esta fiesta, hay quien la disfruta con cierta dignidad. no es el caso del típico gachón que se cuela en un grupo de chicas, cerveza en mano, apostándose a sí mismo, a cuál de todas ellas se va a llevar a una esquina, sin darse cuenta en absoluto de que todas ellas son lesbianas y que las sonrisas que le dedican no son más que burlas despiadas al pobre varón confundido. tampoco es atribuíble al sentido estético de una moda no comprendida. a aquellas que se empeñan en enfundarse a toda costa los trajes de gitana de cuando estaban canijas, y aunque ahora no puedan ni respirar y pareciese que si beben un poco más de tinto, acabará explotando aquello por algún lado, se ven magníficas.
pero como digo, hay quien se divierte de verdad y hace de la feria una fiesta auténtica. pero eso sólo pasa caseta para dentro. los de fuera sólo vemos lo denigrante y sólo podemos esperar al cruzar el arco, que el búcaro contenga cualquier cosa menos alcohol.



'Gachón' · canija · resaca · búcaro

jueves, mayo 05, 2011

your four words (VII)

aquel año que viví en Paris fui, como Hemingway, muy pobre y muy feliz. es lo habitual cuando una se establece para vivir una ilusión. la mía era ingenua y ambiciosa casi por partes iguales; abandoné Madrid parar aprender a ser como Proust. creía que sólo ahí, en esa ciudad que tanto ha leído, podría llegar a ser esa alguien que quería ser de mí. recorría la ciudad rastreando las palabras que el gran autor pudiera haber dejado en su camino, bien dispuestas para aquel pie pertinente y afortunado que tuviera el acierto de tropezarse con ellas. con un poco de imaginación, tracé en el mapa mental de la ciudad un triángulo que unía los campos elíseos con trocadero y el parque de monceau. esa sería el área a peinar, el lugar de las múltiples residencias de Marcel, la habitación en la que pasaría su última noche, los cafés en los que escribiría sus siete tomos, las huellas de sus paseos en busca de su tiempo perdido, su primer ataque de asma, el lugar donde conocería a Gilberta, el primer amor de su vida... y no os voy a desilusionar, todo estaba ahí. el pasado no se mueve, queda perenne y eterno en el mismo sitio donde se vivió.
como tantas otras cosas que nadie entiende, disfruté de Père-Lachaise cada tarde que el tiempo acompañaba en París y me regalaba algún nublado no hostil, o quizá, con más benevolencia, un rayo de sol que atravesara con cariño las ramas de los árboles. los cementerios en París son casi más abyectos que en cualquier otro sitio; convertidos en atracción turística, pierden la magia de tantas vidas como hay allí enterradas. sentada yo de cuclillas al borde de aquella lápida negra y bajita, intentaba escuchar el silencio de una muerte dulce, deseada y soñada para él, así como sus últimos pensamientos, o cualquier impulso energético que me inspirara a parecerme a él.

y fue entonces cuando comprendí que me había equivocado queriendo aprender a ser como Proust. que llegué queriendo ser la que yo quería ser y que a esas alturas, París ya me había transformado lo suficiente como parar comprender, como lo hizo Vila-Matas antes que yo, que ya no sería extranjero allí.
Que París no se acaba nunca y que jamás dejó de ser una fiesta.


[palabras · muerte dulce · extranjero · imaginación]

martes, mayo 03, 2011

your four words (VI)

hay una serie de instantes en la vida de una misma que jamás podrás olvidar. los recuerdos se archivan de manera inespecífica en compartimentos aislados de la memoria y cuando menos lo esperas, los olvidas sin intención o los recuerdas con precisión. la documentación y la archivística de los estractos de la vida de una persona es una de las pocas áreas sin gobernar, pedazos de existencia sin ley ni órden, carentes de reglas y absolutamente libres. y eso es, queridos amigos, lo más bello y más precioso de nuestra intensa y fugaz vida.
ejemplos aleatorios como otros cualesquiera; acompañando una mañana, bajo un calor matador, a una futura profesora en camino a una entrevista que le supondría el que, aún a día de hoy, sigue siendo su trabajo discontinuo y su fuente de ingresos intermitente. O aquel viaje a Cádiz en el que, incomprensiblemente, se quedó atascado el disco de John Mayer en aquel Ford Fiesta amarillo y deseaste al menos sesenta veces que el ventilador dejara de funcionar, se recalentara el motor, alguna chispa benevolente se prendiera y muriérais todas allí dentro. O el sueño aquel en que de pronto eras Rachel (de Friends) y devorabas junto a Chandler una deliciosa tarta de queso (cheesecake, para ellos) robada de la vecina de abajo y espachurrada en el suelo del descansillo más famoso de la historia de la televisión. O aquel momento lost in translation en el que una italiana afincada en tu casa por un mero y fatal error de cálculo, devoraba sin vergüenza y con mucho descaro la comida familiar y, confundiendo términos que ella jamás entendería, demandaba un chonchón de queso, creyendo que con eso se refería a aquel lácteo cortado en lonchas en un plato alejado de su sitio.

estractos, en definitiva que lleva una consigo y que pocos seres ajenos a esta vida jamás podrán apreciar. sólo aquellos que los compartieron en su momento entenderán su valía o compartirán la sonrisa al recordarlos.




[John Mayer · profesora en camino · cheesecake · chonchón de queso]

domingo, noviembre 07, 2010

your four five words (V)

Hay momentos a los que viertes muy limitadas expectativas. Situaciones en las que sabes que nada te puede salvar, que ni siquiera una invocación al milagro de lo supercalifragilisticoexpialidoso va a conseguir que salgas airosa de la contigencia a la que te enfrentas –por mucho que estés dispuesta a marcarte un bochornoso baile en el más puro estilo Disney-. Esta es una de ellas: entre tus armas, un mantel de lino que tomaste prestado sin pedir permiso de casa de tu abuela, una caja abundante de galletas holandesas que sobraron de la cesta de reyes del año pasado, unos mantecados que compraste en una gasolinera volviendo a Madrid, una cantimplora llena de leche, té de mil tipos diferentes y demás atrezzo ambiental. En mitad de lo que pretendía ser una merienda interesante, descubres, corrijo, recuerdas, que tenía intolerancia al dichoso líquido lácteo y que procuraba evitarlo a toda costa. Mal. Muy mal. Mierda. Blasfemas. Te fustigas en silencio, sin que se note. Lamentas que no exista en esta vida un bendito ctrl+alt+supr para reiniciar toda la operación. Por supuesto, no es el único fallo. Con el bochorno de la leche, van cayendo, como fichas de dominó, todos los demás errores que cometiste. Que nunca le hizo mucha gracia los cuadros de colores, ni siquiera sobre manteles retros. Que no, tampoco le tenía mucha simpatía a lo vintage. Que las galletas están ya vistas. Que la música de fondo no ha sido afortunada. Que odia el té y es fan total de la cafeína. Lo de las galletas lo tratas de remediar, sacando la caja de cereales de avena que te trajeron de Londres. Muy cool. Bien, minipunto. Captas sonrisa. Intuyes un guiño empático. Casi puedes pronosticar un atisbo de victoria.
Por supuesto, quedó empate, que en el fondo es la mejor victoria, o la más satisfactoria derrota. El premio de consolación, unas agujetas felices de tanta risa en lo más profundo del esternocleidomastoideo.



Esternocleidomastoideo · Supercalifragilisticoespialidoso · Ctrl + Alt + Supr · Avena · Cantimplora

sábado, noviembre 06, 2010

your four words (IV)

En un lugar de Turquía, de cuyo nombre no quiso Ovidio acordarse, vivían felices, modestos y tranquilos Filemón y Baucis, dos ancianos y humildes campesinos, que llegada una noche nada cualquiera, se disponían a tomar su merecida cena. De pronto, arrebatándoseles el aliento, un estruendo resonó al otro lado de la puerta roja de su cabaña. Sobresaltados por la inesperada interrupción, allá que nunca ocurría nada fuera de lo común, Filemón, se dispuso a descubrir qué osaba a turbar la noche. Al otro lado del picaporte se encontraban dos señores harapientos que, exhaustos por un viaje que requería una pausa inmediata, buscaban algún lugar de hospitalidad cálida donde pasar la noche. Baucis y su marido recibieron con agrado a sus invitados y pusieron en sus respectivos platos la cena que ellos se disponían a ingerir. Corrió vino a raudales entre las copas de los dos invitados, pero, sorprendentemente, la jarra no bajaba de nivel. Fue entonces cuando Filemón descubrió anonadado, que aquellos dos hombres no eran dos mortales viajeros, sino el mismo Zeus y Hermes sentados en su humilde sillón. Los dos dioses, enfadados con todo el resto del poblado que les había negado la entrada, decidieron darles un escarmiento, inundando toda la población. La cabaña de Filemón y Baucis no sólo fue salvada, sino que Zeus la convirtió en templo y el matrimonio, que quería estar juntos siempre, en roble y tilo.


picaporte · plato · roja · filemón

viernes, abril 16, 2010

your four words (III)

¿A que no sabías que Cástor es la segunda estrella más brillante de la constelación de Géminis? Yo tampoco, pero no te preocupes, porque ahora ya estás al tanto.

Es curioso, porque yo soy de esas que reconocen creer en todo el asunto de la astrología, pero jamás leerán un horóscopo en las páginas traseras de un periódico. Las predicciones no me gustan nada, pero sí me atrae en cambio la idea de indagar sobre la posibilidad de que las personalidades puedan estar afectadas por el astro sobre el que nacieron. ¿Contradicción? Puede… pero es que soy géminis.
Sí, ese signo dual, de aire, mutable y capaz de reaccionar con rapidez ante los cambios, dúctil, que hace de la comunicación su don y que vive de su curiosidad intelectual. Esa inquietud por conocer, cada vez una cosa nueva y distinta, ampliando su espectro y sin estancarse en nada que no le convenga absolutamente. Pero al mismo tiempo son obstinados los géminis y si algo les apasiona, se dedican totalmente a ello, hasta que se les vaya la última gota de vida.

Sí, puro aire... Puede que de ahí venga mi delirio… Ese con el que os escribo, que pone letra a lo que pienso o a lo que sencillamente quiero decir. No es imaginación, porque muy habitualmente, carezco por completo de ella. Es más bien ensoñamiento, dejarse ir, como cuando la marihuana se instala en tus pulmones. Como cuando mojas la esquinita de un terrón de azucarillo en una taza de café caliente y dejas que se impregne muy lentamente todo él hasta que mute de blanco a marrón y mientras eso sucede, mirándolo de cerca como ensimismada por tremendo cotidiando acontecimiento, tú piensas en lo que vas a escribir, con esas cuatro palabras flotando en tu cabeza y dándose forma unas a otras por sí solas, como si tú no tuvieras nada que decir.

Los géminis. Esos seres tan complicadamente sencillos…


jueves, abril 15, 2010

your four words (II)

Ya ha llegado abril y yo casi ni me he dado cuenta. Suele pasarme con estos meses de transición en los que no estás en una estación ni en la otra. Aún me escurro la lluvia de marzo y no he sacado aún las camisetas de manga corta para mayo.

Vuelo, como antaño, en un ave motorizado que corre deprisa atravesando media península. Mi compañera de travesías duerme a mi lado, con su cabeza apoyada en mi hombro. Y yo, que no puedo contemplar su onirismo, giro la cabeza hacia fuera. Apenas distingo la silueta de los árboles que dan color al otro lado de la ventanilla. Es complicado distinguir formas cuando se va tan deprisa… Hace tanto que no piso Sevilla que me pregunto si seguiré siendo capaz de andar por sus calles como si fuera parte viva de ellas.

Intuyo un sol increíble en la plaza del Salvador. De esos que dan ganas de salir a la calle y no recogerse hasta la tarde. Día de tapitas, de no parar. Hace ya tres años de la primera vez que me pusieron delante un plato de caracoles, que están en su mejor época ahora, por cierto. Mi primera vez. La desvirgación de tan tremenda orgía gastronómica. Aún veo el plato de pequeños moluscos gasterópodos al lado del “cardito” y los palillos. Las cabrillas. El bar del amigo. Casa Diego. Muchas sillas, o sólo dos. Todo dispuesto para disfrutar. Mis reparos se vieron animados por un “toesponerse” que llevaba toda la razón. Si no tienes miedo y te atreves, ganarás un poco de cultura. Porque hay cultura hasta en un plato de caracoles. Sobre todo en esa pequeña perversión para las mentes enfermas como las mías que no dejan de ver algo tremendamente sexual en la introducción y sorbo de algo tan viscoso y sabroso como lo que se esconde tras esa concha.

En fin, sólo espero que me esperen en la estación con un coche con aire acondicionado que me lleve a Triana y me inviten a una cerveza helada y un plato de papas aliñás (a ser posible con huevas o chocos) que me rompa todo este jet lag inducido.



[pueden seguir dejando sus cuatro palabras... que yo os las robo sin pudor y les doy la forma que me de la gana. ea!]

miércoles, abril 14, 2010

your four words (I)

En Australia son ocho horas más. Es decir, deben rondar las cinco de la madrugada. Buena hora para que alguien te invite a un café temprano, si es que compartes su uso horario, claro. Porque aquí son apenas las nueve de la noche y estás pensando en qué inventar para la cena. Todavía. Y esto se lo tienes que explicar de buenas maneras a tu inocente pareja, que aún no muy segura de si fue por negocios o por placer, lleva en Sidney un par de días, mientras tu mantienes caliente tu hogar en Barcelona. ¿Qué pasa? Aquí también tenemos mar...
En fin, te cuenta al otro lado del teléfono, probablemente con residuos de ebriedad y haciendo caso omiso a tus explicaciones sobre la diferencia horaria que aún no ha sido capaz de entender, que hoy se enteró de que el ornitorrinco, un ser local y extraño que convive con los isleños, es uno de los pocos mamíferos venenosos que hay sobre el planeta. Curiosa a la par que totalmente innecesaria información. Quizá si te atrevieras a preguntar lo que de verdad quieres saber, lograrías centrar tu atención en quien te habla y dejar de pensar en el interior de la nevera. Que si comparte habitación con alguien. Si se divierte mucho. Excesivamente. Si ha tenido sexo con algún pivón al estilo de la Kidman. Si piensa en ti a menudo. Si ya te ha comprado algo…
Pero por lo visto sigue hablando de la marcha en el Puerto, de no-sé-qué de los Juegos Olímpicos de no-sé-cuándo, y de algo de 'Perdidos'. Y es entonces cuando le paras de golpe. Así, sin más.
“Cariño, te dejaste el dentífrico aquí. Abierto, por cierto. Y espachurrado”.
“Vaya, lo siento. Ciérralo, mi amor, que se seca. ¿Sabes? Ya te he mandado la primera postal”